Don Isaac Abravanel, nacido en la ciudad de Lisboa en el año de 1437 (5197 del calendario hebreo), en el seno de una rica familia judía, los Abarbanel, conocidos también como Abravanel, que llevaban en Portugal desde hacía casi 100 años, por lo que fue educado por los mejores profesores portugueses de mediados del siglo XV llegando a responsabilizarse de las finanzas de grandes nobles del Reino de Portugal, por aquel entonces un Estado próspero gracias al comercio atlántico centralizado en la capital, Lisboa, lo que ayudó a superar la crisis económica del siglo anterior que se había extendido en el tiempo, bien entrado el “Cuatrocientos”.
A mediados de la década de los 70 del siglo XV, entra al servicio de la Corona de Portugal, bajo el reinado de Alfonso V, pero las buenas relaciones de su familia con el duque de Braganza acabarán perjudicándole ya que el noble fue acusado de conspirar contra la monarquía por lo que todos los que se relacionaban con él cayeron en desgracia ante los ojos del rey.
Cuando tenía 46 años de edad, Don Isaac fue uno de esos sospechosos de conspirar contra el rey Juan II de Portugal. En la Introducción al Comentario a Josué dice que la conjura de los nobles era falsa y que el Duque de Braganza era inocente:
“Y se conspiró contra ellos, diciendo: Sois reos de muerte, porque habéis conspirado contra mí todos vosotros, para entregarme a mí y a mi país en mano de los reyes de Sefarad”.
Por todo lo anterior, se vio obligado a marcharse al Reino vecino que los Reyes Católicos de Castilla y Aragón estaban construyendo con la idea de unificar lo que en su día fue Hispania, empresa de enorme envergadura que era seguida con recelo por la monarquía portuguesa por lo que ello podía implicar para su seguridad ante el empuje expansionista de los reyes Fernando e Isabel a cuyo servicio entró Abravanel, el cual se estableció en la localidad de Segura de León (Extremadura), donde iniciaría una extensa obra literaria en hebreo volcada básicamente en el estudio de La Biblia ya que en principio Isaac no quería volver a trabajar para la nobleza, pues estaba escarmentado de su experiencia portuguesa. 
Cuando los judíos fueron expulsados de los Reinos hispánicos, los Abravanel emigraron a Italia aunque otra rama lo haría al Imperio turco viajando unos terceros al norte de África, pero sería Europa el continente por el que se diseminarían principalmente, en el siglo XVI y una vez comenzó a colonizarse el Nuevo Mundo, también por América, en el siglo XVII.
Sin embargo, la relación con España venía de muy atrás pues está documentada la presencia de algunos miembros de esta gran familia en la ciudad de Sevilla, desde su conquista por los reyes cristianos Fernando III, el “Santo” y Alfonso X, el “Sabio”. De hecho, el servicio prestado a la Corona de Castilla por la familia Abravanel fue decisivo para permitirle marchar con gran parte de su fortuna cuando fueron expulsados de España junto con el resto de la comunidad judía.
Los Abravanel fueron tesoreros y recaudadores de impuestos durante el siglo XIV pero con motivo de las persecuciones de finales de este siglo, Samuel Abravanel se vio obligado a convertirse al cristianismo si quería sobrevivir junto a su familia, si bien optó por marcharse a Portugal, donde el rey Juan I les acogía consciente de que era beneficioso para su Reino ya que los judíos eran famosos por ser excelentes administradores. Una vez en territorio luso y sin peligro que correr, renunció al cristianismo para volver a practicar libremente sus creencias religiosas.
Judah Abravanel, hijo de Samuel y padre de Isaac, entraría al servicio financiero de Don Fernando de Portugal y del poderoso Duque de Braganza por lo que Isaac crecería en un ambiente refinado, convirtiéndose en un erudito de una vastísima cultura al dominar el latín, el hebreo, el castellano y el portugués y estudiar tanto cultura y religión judías como escolástica medieval y filosofía grecorromana, lo que le permitiría escribir su primera obra con tan solo veinte años de edad: Las formas de los elementos.
El hijo de Isaac Abravanel fue un reputado médico que llegaría a ser el doctor personal del Gran Capitán en sus campañas italianas así como un profuso escritor de estilo platónico, firmando sus obras como “León Hebreo”. 
Isaac Abravanel siempre defendió su inocencia ante los reyes de Portugal pero no fue oído por lo que acabó dedicándose en cuerpo y alma a su nuevo País, Castilla. Aquí, otro ciudadano judío muy importante, Abraham Señero, que trabajaba para la Corona de Castilla y Aragón, le propuso como arrendador de las rentas públicas. La amistad de estos dos honorables y leales judíos les llevó incluso a financiar en parte (no solo aportando medios y caudal de sus respectivas fortunas sino también recaudando de otras) la campaña bélica de Granada por la que los Reyes Católicos pretendían poner fin a la Reconquista histórica, iniciada con el alzamiento de los nobles asturianos contra los musulmanes en el siglo VIII. 
En la Introducción al “Comentario a Reyes”, Isaac Abravanel admite que es alguien afortunado:
“Y me concedió Dios gracia … a los ojos de los príncipes que se sientan al frente del reino ………. y estuve próximo a ellos muchos días y me ocupé en su servicio ocho años, con riqueza y con honor que se les hace, y viviendo con ellos me afiancé en sus cortes y sus castillos (…) “ y me afiancé el honor de reyes y príncipes del país” (…) “fui la cabeza de todo mi pueblo, y se calmó como lluvia para mí; después de mis palabras no cambiaban”.
Pero en 1492, de repente, todo cambió y a pesar del esfuerzo recaudador y de los servicios prestados, sus Católicas Majestades le dieron la espalda tanto a él como al resto del pueblo judío, cuando nunca supusieron amenaza alguna para la estabilidad del Reino:
“Llamé a mis amigos, que ven el rostro del rey, para pedirles por mi pueblo, y los nobles se concertaron para hablar al rey con toda energía para que retirase los documentos de la ira y de la cólera y los pensamientos que había pensado contra los judíos para aniquilarlos” (…) “y como víbora sorda cerró su oído, no me respondió nada”.
Lo cierto es que los reyes le apreciaban por su experiencia sobradamente demostrada y confiaban en que se convirtiera al cristianismo para así poder quedarse en España pero Isaac Abravanel no era un cobarde y decidió no dar la espalda a sus correligionarios y acompañarles en su amarga expulsión de la que consideraban su tierra, en la que habían vivido generaciones y generaciones desde tiempos romanos, una especie de nueva tierra prometida en la que convivían con cristianos y musulmanes no sin ciertos roces por otro lado lógicos pero también comunes a otros reinos (no se trató de un fenómeno aislado de España). En cambio, Sefarad era un verdadero paraíso, con un clima cálido pero agradable y solar de las tres grandes culturas, como pudo verse en al-Andalus, un experimento único en el Mundo. Cierto que hubo persecuciones de índole religiosa, pero pronto los reyes comprendían que los judíos eran los mejores gestores y expertos comerciantes por lo que no tenía sentido castigarles. En la Península Ibérica, si las circunstancias eran propicias y corrían tiempos de tolerancia, un judío podía prosperar y mucho, alcanzando las más altas cotas de poder e influencia, por lo que sin lugar a dudas, la religión siempre fue una excusa peregrina para justificar las persecuciones: la verdadera razón era la envidia que causaban los judíos al ser más emprendedores, por lo general, que los cristianos lo que les granjeó mucha enemistad y recelo entre los que no conseguían destacar como los hebreos lo hacían, de ese modo tan natural, como si lo llevaran en la sangre.
De todos modos, lo normal era que se viera a los judíos como personas normales y corrientes, dedicadas al comercio y que vivían en juderías pero a fin de cuentas barrios con sus sinagogas y escuelas talmúdicas y que si en ocasiones fueron tratadas como verdaderos guettos, con medidas legales segregacionistas por parte de algunos monarcas influidos por la Iglesia cristiana del momento, lo cierto es que no solía haber problemas con la comunidad judía en ningún sitio.
Sí existieron algunos roces entre gremios pero rara vez. Seguro que cuando los musulmanes del reino de Granada, ya conquistado, vieron la procesión judía abandonar sus casas, llorando amargamente desconsolados, entre los cuales figurarían amigos suyos, sentirían un nudo en el estómago ya que en ese mismo momento se estaban percatando de que las Capitulaciones de Santa Fé eran papel mojado y que sin duda, si se expulsaba a los judíos cuando algunos de ellos habían ayudado en la toma de Granada, las siguientes víctimas del fanatismo religioso cristiano español de los siglos XV y XVI serían los propios musulmanes.
Seguro también que muchas familias cristianas no veían con buenos ojos la expulsión de los judíos con cuyos hijos los suyos jugaban a menudo. Es más, tanto cristianos como musulmanes acogieron a judíos y muchos se convirtieron al cristianismo solo por permanecer en la que era su patria. Pero Isaac Abravanel, aunque podía entenderlo, no era de esta clase de hombres:
“Y marcharon sin fuerza, trescientos mil estandartes del pueblo dijo, yo entre ellos, desde joven a anciano, niños y mujeres, en un día, desde todas las ciudades del reino. Y yo también elegí su camino, el camino del barco, “en el corazón del mar”; y yo en medio del destierro vine [a Nápoles] con toda mi casa”.
En el puerto de Valencia, Isaac Abravanel embarcó con su familia, rumbo a Nápoles, donde el rey nombró a Isaac su tesorero. En 1494, el nuevo rey de Nápoles, Alfonso II, le mantuvo en el cargo, pero se vieron ambos obligados a huir cuando los franceses invadieron Nápoles. Una nueva tragedia sacudiría a Isaac: su gran enciclopedia, que pudo rescatar de España y llevarse consigo, una verdadera joya literaria, fue destruida por los soldados franceses.
El depuesto rey y su leal servidor junto con sus respectivas familias se marcharían a Messina, donde su protector, el rey Alfonso, moriría.
Al año siguiente regresaría al Reino de Nápoles, una vez se marcharon los franceses pero nunca olvidaría Sefarad (España), a la que tanto amaba. Es probable que junto con la familia Ibn Daud de Lucena fueran de los clanes judíos más antiguos que llegaron a Hispania tras las guerras judías del siglo I a.C. en que los romanos destruirían el Primer Templo de Jerusalén. 
Su periplo no acabaría en el sur de Italia puesto que, en 1503, Isaac se traslada al norte, a la floreciente Venecia, donde participaría activamente en su política comercial como consejero de renombre.
El final de Isaac es tan triste como su vida, plagada de destierros, uno tras otro, a pesar de la lealtad que siempre mostró a los monarcas a los que sirvió, lealtad no correspondida por esos reyes ávidos de riquezas y poder y que no dudaban en sacrificar a sus mejores hombres en pro de su desmedida ambición. Aunque murió en Venecia, sería enterrado en Padua pero los soldados franceses entraron en la ciudad y una vez más arrasaron todo lo que encontraban a su paso, entre otros lugares el cementerio donde fue enterrado Isaac Abravanel; ni siquiera un lugar sagrado como este fue respetado en esa vorágine depredadora en la que se habían convertido las campañas bélicas de Italia.  La tumba de Isaac se perdió, destrozada como las demás, por lo que se desconoce qué fue de ella. Un final, sin duda, amargo e injusto para alguien cuyo único pecado fue tener un alto concepto de la lealtad y de la integridad. 

Su obra literaria es muy extensa; este es tan solo un resumen:

Comentarios:

– Comentario a los Profetas
– Comentario a la Torah
– Comentario al Libro de Josué
– Comentario al Libro de Jueces
– Comentario al Libro de Samuel
– Comentario al Libro de Reyes
– Comentario al Libro de Isaías
– Comentario a Jeremías
– Comentario a Ezequiel
– Comentario a los Doce profetas menores

Ensayos:

– Fuentes de Salvación
– Anunciador de Salvación
– Las Victorias de su Mesías
– Corona de los Ancianos
– Principio de la Fe
– Sacrificio de Pascua
– Herencia de los Padres
– Guía de Perplejos de Maimónides
– Obras de Dios
– La Justicia de los Mundos

El estilo de Abravanel es reiterativo y es contrario a interpretaciones racionalistas y alegorías, dando más importancia a las lecciones de tipo moral. Su brillantez y lo prolífico de su obra le convierte en uno de los grandes pensadores del siglo XVI, cuando verdaderamente comienza a darse a conocer su obra de forma masiva.

Se podría decir que fue un humanista que estudió diferentes materias, por lo que dominaba varias disciplinas lo que trasladado a su trabajo como hombre de finanzas o gestor de fortunas ya fueran reales, esto es, de las monarquías a cuyo servicio estuvo, ya de grandes señores de la nobleza portuguesa, castellana o italiana, lo que le reportaría un gran prestigio pero también le granjearía las envidias de muchos contemporáneos que se sentían amenazados por su influencia. Sin embargo, Isaac se había criado en un ambiente tolerante, recibiendo de su padre el consejo de conocer antes a los hombres por sus cualidades y potencial que hacerse una idea de ellos preconcebida dejándose llevar únicamente por sus creencias religiosas. Gracias a este planteamiento, se aleja de la simplicidad de muchos estudiosos eclesiásticos que todo lo reducían a la voluntad de Dios, como excusa pues no comprendían nada de lo que les rodeaba ni se molestaban en hacerlo, mientras que Abravanel analizaba detenidamente su entorno y cualquier escrito que comentara si bien es verdad que, llevado por su universo profético de ángeles y demonios, para este magnífico empresario y asesor financiero, el Mundo se entiende perfectamente comprendiendo antes las Sagradas Escrituras, por lo que se dedicó a estudiarlas a fondo.  Sin embargo, supo diferenciar un poder civil de otro eclesiástico como la forma de gobierno más aconsejable (durante su estancia en Venecia llegó a decir que el mejor Gobierno de un Estado era el de los jueces, similar al de la “Serenísima República de San Marcos”).  

Aún así, estableció un método de trabajo novedoso y adelantado a su época como fue introducir un texto que después es comentado ampliamente, como hoy en día sigue haciéndose además de clasificar su ingente obra en colecciones con temáticas parecidas llevando un orden que pocas veces hemos visto ni antes ni después de él salvo ya entrado el siglo XIX.  

Isaac Abravanel, un hombre honesto y cumplidor, leal hasta la muerte pero desencantado de la realeza de la que se dio cuenta que no hacía mejores a los hombres sino más viles. Defendió su inocencia en la conjura de Portugal durante toda su vida, incluso cuando ya en Venecia los enviados comerciales portugueses le miraban con recelo al comprobar que asesoraba al Gobierno del Dux; a fin de cuentas, su condena a muerte por la justicia portuguesa seguía vigente.

Debió de ser muy duro comunicar a su pueblo que los Reyes Católicos de Castilla y Aragón habían decretado expulsarles cuando la toma de Granada estaba aún reciente, una campaña en la que habían participado Abravanel y otras grandes familias judías de modo muy activo y que más que motivo de tristeza y pesadumbre debería haber sido la celebración de una victoria merecida que en gran parte fue debida a su excelente gestión al frente de los recursos militares cristianos. En cambio, los reyes les pagaron sus servicios con la expulsión.   

Unos monarcas obsesionados por la unidad absoluta con lo que hacer realidad la Reconquista y pasar así a la Historia dejándose llevar por los fundamentalistas religiosos de la época, que entonces era la Iglesia cristiana y su inquisidor general, Tomás de Torquemada. No obstante, debemos recordar lo injusto que sería juzgar a todo un pueblo como el castellano ya que el respaldo era mínimo pues también sufrió las torturas y desmanes de la Inquisición tanto como los judíos, tal vez peor  puesto que a ellos se les expulsó pero a los castellanos y mucho más a los conversos, se les prohibió la libertad de culto y expresión pues según las disposiciones de la “Santa Inquisición”, cualquier súbdito que estuviera ya en la adolescencia era sospechoso de sus actos y dichos por lo que era igualmente susceptible de sospecha sobre su identidad religiosa, pasando por los oscuros cuartos de tortura más de 110.000 personas, solo en época de Torquemada. Tal vez, los judíos fueron unos privilegiados al marcharse puesto que los que se quedaron sufrieron la sinrazón y el fanatismo en sus carnes.